Alqamar albaeid

El mapache se inventa mil y un cuentos por la noche, a veces se queda atrapado en otros tiempos y todo, donde sea pero lejos de la realidad.

Medias lunas minúsculas se reflejaban en los ojos de los animales que merodeaban la noche, la oscuridad también le cobijaba a él, conocía los obstáculos bien, no era la primera vez que los sorteaba para verla, no necesitaban la luna aunque siempre les acompañaba, se reconocían en la oscuridad, ahí estaba su reina mora, la de los ojos negros de fuego.

Cada noche creyeron que sería la última y todas las noches serían pocas, al despedirse, él le dejaba una nota para que las guardara junto al corazón y ella una mirada que se clavaba en el suyo.

Si en este no nos dejan estar juntos,

nos inventaremos otros mundos.

 

Ahora las cosas son diferentes, nos buscamos de otras maneras, esta es la historia de dos personas que cuando se conocieron, todavía no lo sabían, pero llevaban tiempo buscándose.

Tiempos en los que se dejaban mensajes por todas partes pidiendo ser encontrados. Mensajes en una botella en un mar de unos y ceros, pensando que solo una persona los iba a entender, y cuando lo hacía, creías conocerla desde hace mucho, antes de hablar por primera vez, o te lo inventabas, cada uno podía ser quien quisiera, ¿por qué no quien creían ser?

A ellos se les daba bien interpretar papeles, meterse en otras pieles desde que empezaron a hablar en una red social random y aún así todo decía mucho de ellos, aunque todo fuera inventado, conversaron y conversaron.

¡Cuántas películas se montaron y cuántos mundos inventaron!

En la primavera última, tiempo de las flores y las mañanas perfumadas, la miraba mientras dormía, intentaba recordar para siempre su olor envidiado hasta por el azahar, y esa luz que la cubría, después salió a tientas por el ventanal justo antes del alba. Muchas lunas habían pasado desde la primera vez que se vieron, la luna era su aliada, la lejana.

Antes de salir cogió la daga que ella le regaló y dejó una nota para que la guardara en su corazón cuando despertara.

Tus ojos negros,

mi futuro oscuro,

los buscaré siempre,

lo juro.

 

Tenían sueños que les ayudaban a seguir inventando historias, él vio un castillo en un sueño de pequeño, años después supo que existía, aunque tristemente no sabía lo demás.

— Te conseguiré un castillo, lo vi en un sueño.

— Entonces yo te regalaré una daga para protegerlo.

A veces parecía que la conversación tampoco les pertenecía y que los personajes que inventaban tomaban el control. A él le recorrió un escalofrío la espalda al leer la palabra “daga”. ¿Cuánto era inventado? ¿Por qué quería de repente esa daga? ¿Por qué no se habían visto en persona todavía?

Querían estar juntos pero no lo permitieron, la mañana que dejaron de ser perfumadas, la madre encontró la nota antes de que ella despertara, ningún sueño más a su lado, ninguna mañana más perfumada.

Él era guardia del sultán, ella era la hija y lo desterraron al castillo más remoto, más lejano que la luna.

Solo vigilaba por si aparecía, pero habían pasado tantas noches sin luna que a él solo le quedaba la daga, la guardó tan cerca del corazón que allí se hicieron uno, lo encontraron sin vida poco después, aunque la había perdido mucho antes, la daga quedó sepultada en la tierra muerta que el castillo rodeaba.

Cuando ella supo de su destino escribió una nota y la guardó para siempre en su corazón.

Mis ojos ya no tienen fuego,

tu cuerpo ya no tiene vida,

espero que me busques en la próxima,

o todo sería una mentira.

 

Sentía que tenía que conseguirle el castillo aunque fuera en fotos, como excusa para conocerla, así que fue a visitarlo pero aquel lugar no era digno de una reina mora, lo rodeó buscando un lado para una foto buena, ese escalofrío le recorrió de nuevo junto a un trozo de tierra más oscura, se puso a escarbar por si encontraba algo.

Él encontró una daga y ella soñó unas palabras que ya había leído.

Cuando se vieron por primera vez él la encontró en la noche porque ella tenía los ojos negros de fuego.

— ¿Cuántas vidas vamos a esperar?

— Solo tenemos esta, y la luna lejana.

Muchas gracias a Laura por las preciosas letras, podéis visitar su bonito blog de caligrafía si queréis ver más y aprender.

Gracias a Alba también por mandarme el relato que me ayudó a terminar este, incluso le robé alguna idea como buen mapache, me gustaron mucho sus poemas.

Muchas saludos a la gente que ha amenazado el mapache para que lo leyera antes de publicarlo para ver si les gustaba, siento haber desoído vuestros consejos de que dejara de escribir para siempre ^^

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